Ne saxa ex catapultis
latericium discuterent.
-César, De bello civili lib. 2.
Catapultae
turribus impositae et quoe
spicula mitterent, et quoe saxa.
-Appianus, Ibericoe
Esas que allí se ven,
vagas cicatrices entre los campos de labor, son
las ruinas del campamento de Nobílior. Más
allá se alzan los emplazamientos militares de
Castillejo, de Renieblas y de Peña Redonda. De
la remota ciudad sólo ha quedado una colina
cargada de silencio...
-¡Por favor! No olvide
usted que yo he venido desde Minnesota. Déjese
ya de frases y dígame qué, cómo y a cuál
distancia disparaban las balistas.
-Pide usted un
imposible.
-Pero usted es
reconocido como una autoridad universal en
antiguas máquinas de guerra. Mi profesor Burns,
de Minnesota, no vaciló en darme su nombre y su
dirección como un norte seguro.
-Dé usted al profesor,
a quien estimo mucho por carta, las gracias de mi
parte y un sincero pésame por su optimismo. A
propósito, ¿qué ha pasado con sus experimentos
en materia de balística romana?
-Un completo fracaso.
Ante un público numeroso, el profesor Burns
prometió volarse la barda del estadio de
Minnesota y le falló el jonrón. Es la quinta
vez que le hacen quedar mal sus catapultas, y se
halla bastante decaído. Espera que yo le lleve
algunos datos que lo pongan en el buen camino,
pero usted...
-Dígale que no se
desanime. El malogrado Ottokar von Soden
consumió los mejores años de su vida frente al
rompecabezas de una ctesibia machina que
funcionaba a base de aire comprimido. Y
Gatteloni, que sabía más que el profesor Burns,
y probablemente que yo, fracasó en 1915 con una
máquina estupenda, basada en las descripciones
de Ammiano Marcelino. Unos cuatro siglos antes,
otro mecánico florentino, llamado Leonardo de
Vinci, perdió el tiempo construyendo unas
ballestas enormes, según las extraviadas
indicaciones del célebre amateur Marco Vitruvio
Polión.
-Me extraña y ofende,
en cuanto devoto de la mecánica, el lenguaje que
usted emplea para referirse a Vitruvio, uno de
los genios primordiales de nuestra ciencia.
-Ignoro la opinión que
usted y su profesor Burns tengan de este hombre
nocivo. Para mí, Vitruvio es un simple
aficionado. Lea usted por favor sus libri
decem con algún detenimiento: a cada paso se
dará cuenta de que Vitruvio está hablando de
cosas que no entiende. Lo que hace es
transmitirnos valiosísimos textos griegos que
van de Eneas el Táctico a Herén de Alejandría,
sin orden ni concierto.
-Es la primera vez que
oigo tal desacato. ¿En quién puede uno entonces
depositar sus esperanzas? ¿Acaso en Sexto Julio
Frontino?
-Lea usted su Stratagematon
con la mayor cautela. A primera vista se tiene la
impresión de haber dado en el clavo. Pero el
desencanto no tarda en abrirse paso a través de
sus intransitables descripciones y errores.
Frontino sabía mucho de acueductos, atarjeas y
cloacas, pero en materia de balística es incapaz
de calcular una parábola sencilla.
-No olvide usted, por
favor, que a mi regreso debo preparar una tesis
doctoral de doscientas cuartillas sobre
balística romana, y redactar algunas
conferencias. Yo no quiero sufrir una vergüenza
como la de mi maestro en el estadio de Minnesota.
Cíteme usted, por favor, algunas autoridades
antiguas sobre el tema. El profesor Burns ha
llenado mi mente de confusión con sus relatos,
llenos de repeticiones y de salidas por la
tangente.
-Permítame felicitar
desde aquí al profesor Burns por su gran
fidelidad. Veo que no ha hecho otra cosa sino
transmitir a usted la visión caótica que de la
balística antigua nos dan hombres como
Marcelino, Arriano, Diodoro, Josefo, Polibio,
Vegecio y Procopio. Le voy a hablar claro. No
poseemos ni un dibujo contemporáneo, ni un solo
dato concreto. Las pseudobalistas de Justo Lipsio
y de Andrea Palladio son puras invenciones sobre
papel, carentes en absoluto de realidad.
-Entonces, ¿qué hacer?
Piense usted, se lo ruego, en las doscientas
cuartillas de mi tesis. En las dos mil palabras
de cada conferencia en Minnesota.
-Le voy a contar una
anécdota que lo pondrá en vías de
comprensión.
-Empiece usted.
-Se refiere a la toma de
Segida. Usted recuerda naturalmente que esta
ciudad fue ocupada por el cónsul Nobílior en
153.
-¿Antes de Cristo?
-Me parece innecesario,
más bien dicho, me parecía innecesario hacer a
usted semejantes precisiones.
-Usted perdone.
-Bueno. Nobílior tomó
Segida en 153. Lo que usted ignora con toda
seguridad es que la pérdida de la ciudad, punto
clave en la marcha sobre Numancia, se debió a
una balista.
-¡Qué respiro! Una
balista eficaz.
-Permítame. Sólo en
sentido figurado.
-Concluya usted su
anécdota. Estoy seguro de que volveré a
Minnesota sin poder decir nada positivo.
-El cónsul Nobílior,
que era un hombre espectacular, quiso abrir el
ataque con un gran disparo de catapulta...
-Dispénseme, pero
estamos hablando de balistas...
-Y usted, y su famoso
profesor de Minnesota, ¿pueden decirme acaso
cuál es la diferencia que hay entre una balista
y una catapulta? ¿Y entre una fundíbula, una
doríbola y una palintona? En materia de
máquinas antiguas, ya lo ha dicho don José
Almirante, ni la ortografía es fija ni la
explicación satisfactoria. Aquí tiene usted
estos títulos para un mismo aparato: petróbola,
litóbola, pedrera o petraria. Y también puede
llamar usted onagro, monancona, políbola,
acrobalista, quirobalista, toxobalista y
neurobalista a cualquier máquina que funcione
por tensión, torsión o contrapesación. Y como
todos estos aparatos eran desde el siglo IV a C.
generalmente locomóviles, les corresponde con
justicia el título general de carrobalistas.
-...
-Lo cierto es que el
secreto que animaba a estos iguanodontes de la
guerra se ha perdido. Nadie sabe cómo se
templaba la madera, cómo se adobaban las cuerdas
de esparto, de crin o de tripa, cómo funcionaba
el sistema de contrapesos.
-Siga usted con su
anécdota, antes de que yo decida cambiar el
asunto de mi tesis doctoral, y expulse a mis
imaginarios oyentes de la sala de conferencias.
-Nobílior, que era un
hombre espectacular, quiso abrir el ataque con un
gran disparo de balista...
-Veo que tiene usted sus
anécdotas perfectamente memorizadas. La
repetición ha sido literal.
-A usted, en cambio, le
falla la memoria. Acabo de hacer una variante
significativa.
-¿De veras?
-He dicho balista en vez
de catapulta, para evitar una nueva interrupción
por parte de usted. Veo que el tiro me ha salido
por la culata.
-Lo que yo quiero que
salga, por donde sea, es el disparo de Nobílior.
-No saldrá.
-Qué, ¿no acabará
usted de contarme su anécdota?
-Sí, pero no hay
disparo. Los habitantes de Segida se rindieron en
el preciso instante en que la balista, plegadas
todas sus palancas, retorcidas las cuerdas
elásticas y colmadas las plataformas de
contrapeso, se aprestaba a lanzarles un bloque de
granito. Hicieron señales desde las murallas,
enviaron mensajeros y pactaron. Se les perdonó
la vida, paro a condición de que evacuaran la
ciudad para que Nobílior se diera el imperial
capricho de incendiarla.
-¿Y la balista?
-Se estropeó por
completo. Todos se olvidaron de ella, incluso los
artilleros, ante el regocijo de tan módica
victoria. Mientras los habitantes de Segida
firmaban su derrota, las cuerdas se rompieron,
estallaron los arcos de madera, y el brazo
poderoso que debía lanzar la descomunal pedrada,
quedó en tierra exánime, desgajado, soltando el
canto de su puño...
-¿Cómo así?
-¿Pero no sabe usted
acaso que una catapulta que no dispara
inmediatamente se echa a perder? Si no le
enseñó esto el profesor Burns, permítame que
dude mucho de su competencia. Pero volvamos a
Segida. Nobílior recibió además mil
ochocientas libras de plata como rescate de la
gente principal, que inmediatamente hizo moneda
para conjurar el inminente motín de los soldados
sin paga. Se conservan algunas de esas monedas.
Mañana podrá usted verlas en el Museo de
Numancia.
-¿No podría usted
conseguirme una de ellas como recuerdo?
-No me haga reír. El
único particular que posee monedas de la época
es el profesor Adolfo Schulten, que se pasó la
vida escarbando en los escombros de Numancia,
levantando planos, adivinando bajo los surcos del
sembrado la huella de los emplazamientos
militares. Lo que sí puedo conseguirle es una
tarjeta postal con el anverso y reverso de la
susodicha moneda.
-Sigamos adelante.
.-Nobílior supo sacarle
mucho partido a la toma de Segida, y las monedas
que acuñó llevan por un lado su perfil, y por
el otro la silueta de una balista y esta palabra:
Segisa.
-¿Y por qué Segisa y
no Segida?
-Averígüelo usted. Una
errata del que hizo los cuños. Esas monedas
sonaron muchísimo en Roma. Y todavía más, la
fama de la balista. Los talleres del imperio no
se daban abasto para satisfacer las demandas de
los jefes militares, que pedían catapultas por
docenas, y cada vez más grandes. Y mientras más
complicadas, mejor.
-Pero dígame algo
positivo. Según usted, ¿a qué se debe la
diferencia de los nombres si se alude siempre al
mismo aparato?
-Tal vez se trata de
diferencias de tamaño, tal vez se debe al tipo
de proyectiles que los artilleros tenían a la
mano. Vea usted, las litóbolas o petrarias, como
su nombre lo indica, bueno, pues arrojan piedras.
Piedras de todos tamaños. Los comentaristas van
desde las veinte o treinta libras hasta los ocho
o doce quintales. Las políbolas, parece que
también arrojaban piedras, pero en forma de
metralla, esto es, nubes de guijarros. Las
doríbolas enviaban, etimológicamente, dardos
enormes, pero también haces de flechas. Y las
neurobalistas, pues vaya usted a saberlo...
barriles con mixtos incendiarios, haces de leña
ardiendo, cadáveres y grandes sacos de
inmundicias para hacer más grueso el aire
inficionado que respiraban los felices sitiados.
En fin, yo sé de una balista que arrojaba
grajos.
-¿Grajos?
-Déjeme contarle otra
anécdota.
-Veo que me he
equivocado de arqueólogo y de guía.
-Por favor, es muy
bonita. Casi poética. Seré breve. Se lo
prometo.
-Cuente usted y
vámonos. El sol cae ya sobre Numancia.

-Un cuerpo de
artillería abandonó una noche la balista más
grande de su legión sobre una eminencia del
terreno que resguardaba la aldehuela de Bures, en
la ruta de Centóbriga. Como usted comprende, me
remonto otra vez al siglo II a. C., pero sin
salirme de la región. A la mañana siguiente,
los habitantes de Bures, un centenar de pastores
inocentes, se encontraron frente a aquella
amenaza que había brotado del suelo. No sabían
nada de catapultas, pero husmearon el peligro. Se
encerraron a piedra y cal en sus cabañas,
durante tres días. Como no podían seguir así
indefinidamente, echaron suertes para saber
quién iría en la mañana siguiente a
inspeccionar el misterioso armatoste. Tocó la
suerte a un jovenzuelo tímido y apocado, que se
dio por condenado a muerte. La población pasó
la noche despidiéndolo y dándole fortaleza,
pero el muchacho temblaba de miedo. Antes de
salir el sol en la mañana invernal, la balista
debió de tener un tenebroso aspecto de
patíbulo.
-¿Volvió con vida el
jovenzuelo?
-No. Cayó muerto al pie
de la balista, bajo una descarga de grajos que
habían pernoctado sobre la máquina de guerra y
que se fueron volando asustados...
-¡ Santo Dios! Una
balista que rinde la ciudad de Segida sin arrojar
un solo disparo. Otra que mata un pastorcillo con
un puñado de volátiles. ¿Esto es lo que yo voy
a contar en Minnesota?
-Diga usted que las
catapultas se empleaban para la guerra de
nervios. Añada que todo el Imperio Romano no era
más que eso, una enorme máquina de guerra
complicada y estorbosa, llena de palancas
antagónicas, que se quitaban fuerza unas a
otras. Discúlpese usted diciendo que fue un arma
de la decadencia.
-¿Tendré éxito con
eso?
-Describa usted con
amplitud el fatal apogeo de las balistas. Sea
pintoresco. Cuente que el oficio de magíster
llegó a ser en las ciudades romanas sumamente
peligroso. Los chicos de la escuela infligían a
sus maestros verdaderas lapidaciones,
atacándolos con aparatos de bolsillo que eran
una derivación infantil de las manubalistas
guerreras.
-¿Tendré éxito con
eso?
-Sea imponente. Hable
con detalle acerca de la formación de un tren
legionario. Deténgase a considerar sus dos mil
carruajes y bestias de carga, las municiones,
utensilios de fortificación y de asedio. Hable
de los innumerables mozos y esclavos; critique el
auge de comerciantes y cantineros, haga hincapié
en las prostitutas. La corrupción moral, el
peculado y el venéreo ofrecerán a usted sus
generosos temas. Describa también el gran horno
portátil de piedra hasta las ruedas, debido al
talento del ingeniero Cayo Licinio Lícito, que
iba cociendo el pan por el camino, a razón de
mil piezas por kilómetro.
-¡Qué portento!
-Tome usted en cuenta
que el horno pesaba dieciocho toneladas, y que no
hacía más de tres kilómetros diarios...
-¡Qué atrocidad!
-Sea pertinaz. Hable sin
cesar de las grandes concentraciones de balistas.
Sea generoso en las cifras, yo le proporciono las
fuentes. Diga que en tiempos de Demetrio
Poliorcetes llegaron a acumularse ochocientas
máquinas contra una sola ciudad. El ejército
romano, incapaz de evolucionar, sufría retardos
desastrosos, topado entre el denso maderamen de
sus agobiantes máquinas guerreras.
-¿Tendré éxito con
eso?
-Concluya usted diciendo
que la balista era un arma psicológica, una idea
de fuerza, una metáfora aplastante.
-¿Tendré éxito con
eso?
(En este momento el
arqueólogo vio en el suelo una piedra que le
pareció muy apropiada para poner punto final a
su enseñanza. Era un guijarro basáltico, grueso
y redondeado, de unos veinte kilos de peso.
Desenterrándolo con grandes muestras de
entusiasmo, lo puso en brazos del alumno.)
-¡Tiene usted suerte!
Quería llevarse una moneda de recuerdo, y he
aquí lo que el destino le ofrece.
-¿Pero qué es esto?
-Un valioso proyectil de
la época romana, disparado sin duda alguna por
una de esas máquinas que tanto le preocupan.
(El estudiante recibió
el regalo, un tanto confuso.)
-¿Pero... está usted
seguro?
-Llévese esta piedra a
Minnesota, y póngala sobre su mesa de
conferenciante. Causará una fuerte impresión en
el auditorio.
-¿Usted cree?
-Yo mismo le obsequiaré
una documentación en regla, para que las
autoridades le permitan sacarla de España.
-¿Pero está usted
seguro de que esta piedra es un proyectil romano?
(La voz del arqueólogo
tuvo un exasperado acento sombrío.)
-Tan seguro estoy de que
lo es, que si usted, en vez de venir ahora,
anticipa unos dos mil años su viaje a Numancia,
esta piedra, disparada por uno de los artilleros
de Escipión, le habría aplastado la cabeza.
(Ante aquella respuesta
contundente, el estudiante de Minnesota se quedó
pensativo, y estrechó afectuosamente la piedra
contra su pecho. Soltando por un momento uno de
sus brazos, se pasó la mano por la frente, como
queriendo borrar, de una vez por todas, el
fantasma de la balística romana.)
El sol se había puesto
ya sobre el árido paisaje numantino. En el cauce
seco del Merdancho brillaba una nostalgia de
río. Los serafines del Ángelus volaban a lo
lejos, sobre invisibles aldeas. Y maestro y
discípulo se quedaron inmóviles, eternizados
por un instantáneo recogimiento, como dos
bloques erráticos bajo el crepúsculo grisáceo.
FIN
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